Franklin Castro R.

La imagen lacera aquellos recuerdos que nos trasladan a los tiempos de bonanza, cuando la embarcación surcaba el Golfo de Nicoya hasta seis veces al día. O más aún, cuando estaba La Paquereña y en época de vacaciones ambas hacían varios recorridos. Hoy duele ver la lancha Don Bernardino sumergida.

Johanna Rodríguez, una amiga funcionaria de una entidad estatal, me dijo una y otra vez: ¿por qué no escribes sobre la lancha que está hundida?. La sugerencia se la agradecí, pues la veinteañera de agradable presencia y amable trato, se mostró sensible con la situación y se identificó con el legado histórico de la embarcación.

La Don Bernardino dejó de navegar el 21 de noviembre del 2009, cuando la Caja Costarricense del Seguro Social CCSS, prohibió sus zarpes. Las deudas de la Asociación de Desarrollo Integral de Paquera ADIP (propietaria de la embarcación) con esta y otros entidades de gobierno, imposibilitan su rescate: se necesitan muchos millones.

El tiempo pasó y aquella lancha, que en el ayer fue orgullo sobre las aguas, hoy yace hundida. La ADIP que en sus mejores épocas, regaló terrenos de valiosa cuantía al Estado, hoy luce sola. Por ejemplo, a la Caja le donó siete mil metros cuadrados, para instalar la clínica que existe actualmente, pero antes, durante muchos años, la entidad funcionó gratuitamente en oficinas de la asociación.

Se dieron además muchas ayudas en el período en que operó el ferry entre 1997 y principios del 2008: pasajes de cortesía, para vehículos y personas, ayudas en efectivo y muchas más, quizás sin estimar si se estaban dejando de lado responsabilidades importantes. Una empresa primero debe afrontar sus gastos operacionales, sanear sus finanzas y luego valorar su capacidad real de aporte social.

Pero para quedar bien, la ADIP fue generosa en demasía y los costos de esas políticas de decir siempre si, más decisiones desacertadas, la empujaron al declive en que se encuentra actualmente. Moraleja: los sentimentalismos, no caben en los negocios.

El otro día hablaba con un funcionario de gobierno que visitó la zona y le contaba el víacrucis de la ADIP y le informé de todas las tierras que le había donado al Estado. “-Quien los tenía de sapos-”, me dijo el burócrata. Aunque sorprendido por su respuesta, la verdad es que tenía razón. Quizás si se hubiese sido menos “anfibios”, la lancha no estuviera hundida. ¿O quien sabe?.

Por Franklin

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