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De mujeres y traiciones

Franklin Castro Ramírez

La mañana lluviosa del penúltimo lunes de mayo, fue para dialogar sobre temas disímiles y cotidianos. No participé en la plática, pero fui testigo silencioso y obligado de una reunión que se hizo justo detrás de la ventana de la oficina en donde laboro diariamente.

Unos seis hombres, algunos de esos que gozan de asuetos permanentes y que no requieren asentarse en la barra de un bar, para degustar bebidas etílicas, dieron rienda suelta a sus historias y opinaron sobre las penurias que cada uno ha cosechado a lo largo de su existencia.

Hablaron de los taxis informales, “yo no estoy de acuerdo con ellos”, dijo uno sin entrar en detalles. Otros comentaban sobre los trabajos que en alguna oportunidad han realizado (aún se acuerdan, la memoria funciona perfectamente), pero el tema que más tiempo les ocupó fue el de las mujeres. Siempre dan de qué hablar.

Al escucharlos se me vino a la mente aquella afamada canción, cuya estrofa principal expresaba que los hombres no deben llorar, por una mujer que ha pagado mal. -Yo por una lloré-, aceptó uno de ellos con un dejo de franqueza y sin temores a que los otros ironizaran con su dolor. Nadie lo hizo, es normal sufrir tales penas.

Luego aquellos hombres intentaron analizar el por qué las mujeres les son infieles. Uno de ellos defendió a las féminas, diciendo que cuando una traiciona es por culpa del mismo hombre. Pero solo argumentó razones de “cama” para convencer a sus contertulios.

“Para que una mujer no te deje, hay que dejarla llena de hombre”, dijo unos de los “conferencistas” cuyas frases denotaban experiencia. Yo me permito afinar la metáfora: -Satisfecha de cariño, saciada de amor-, la fórmula exacta para que una mujer no te abandone.

Algunos debatieron la afirmación con las razones que siempre se dicen. Aquella fue una opinión más, al calor de los brindis y/ o las emociones. Que si la diéramos por irrebatible, estaríamos justificando el amor en términos muy físicos y el sentimiento, a mi parecer también incluye el espíritu. Aunque, ciertamente (lo acepto) el placer está en la piel.

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