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Los nublados del amor

Franklin Castro R.

franklindecostarica@gmail.com

Las mariposas en el estómago se mueren o mutan en seres vampirescos, propios de las festividades de halloween. Ello sucede cuando el amor se acaba. ¿Será eso o sucede que nunca existió y lo confundimos con la pasión?. Suena contraproducente, pero tras páginas recorridas en el libro de la vida, hacemos una pausa en la lectura y nos preguntamos por qué el sentimiento ya no es el mismo.

En el presente los matrimonios no perduran por años. Cada uno de mis abuelos tuvo dos esposas: se casaron con las segundas porque las primeras apagaron su existencia. Con las otras vivieron hasta el final de sus días. Hoy la historia es diferente: El problema es que en los vaivenes del amor, pese a que se diga que cuando hay unión, ambos son uno solo (debería serlo), es muy poco probable que los dos amen a un mismo ritmo.

Quien se entrega más lleva las de perder, porque en las relaciones hay que dosificarse, pues si se da mucho o poco, la magia se esfuma. Quien lo hace desigualmente es quien más sufre cuando la otra parte “falla”. Cuando la cadena se rompe y ya no se puede seguir. Y cuando sucede: el sufrimiento se acrecienta y nada que no sea el regreso de la otra “mitad”, pareciera remediarlo.

Aparte de ser un sentimiento, el amor es una actitud, en la que existe una mezcla de amistad, deseo (más al principio), pero sobre todo compromiso (con el cónyuge y ante Dios); si no lo hay, no sobrevive. Sucede que cuando conocemos a alguien, de pronto nos sentimos “flechados”. Es la conocida química, que a mi criterio es la principal responsable de los fracasos sentimentales, pues se confunde con el sentimiento.

Con ella nos amarramos a algo más estético, que sólido, más superficial que realista. He ahí el punto. Cuando conocemos a alguien casi siempre es en un lugar en donde la gente presenta su mejor perfil, el chico o la chica bien vestida y en el primer contacto hacemos nuestras mejores relaciones públicas: los defectos no existen, no nos enojamos, somos los mejores.

Si en el proceso de cortejo nos convertimos en actores y escondemos nuestro verdadero yo, estamos construyendo una relación sobre arenas movedizas. Si nos vendemos como alguien que no somos, entonces no tiene sentido pensar en compromisos que perduren, pues más temprano que tarde, mostraremos nuestras afiladas garras para desencanto de la otra persona.

Como conclusión muy personal, todo se reduce a dos caminos: La transparencia absoluta o seguir actuando de por vida; quizás así la química aunque fenezca, pueda dar paso al sentimiento y será entonces como una conquista indeleble, con mariposas que nunca mueren, porque se nutrirían del néctar del auténtico amor. ¿Será esto mera fantasía?. Creerlo al menos, es divertido. Con esa ilusión, van aquellos que dan el sí.

Si la que lee esta columna se llama Natalia, recuerda lo que le he dicho…

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